Por María Roberta Perujo Rivas
Periodista en AdnCiudad.com
Hay algo más llamativo que los aumentos, el silencio que los acompaña. Desde el 1° de abril volvieron a aumentar el transporte, la luz, las prepagas, los peajes porteños, en un combo que impacta de lleno sobre el mismo bolsillo y al mismo tiempo. Sin embargo, la escena pública no refleja ese golpe. No hay protestas masivas, no hay cacerolazos, no hay una reacción visible que esté a la altura de lo que significa.
Durante años, cualquier ajuste encontraba rápidamente un límite en la calle o, al menos, en la política. Hoy, en cambio, lo que aparece es otra cosa, una especie de aceptación silenciosa, difícil de descifrar. No es claro si se trata de resignación, de cansancio acumulado o de una desconfianza más profunda, esa que instala la idea de que protestar ya no sirve para nada.
En ese contexto, la ausencia de la oposición se vuelve todavía más evidente. No solo porque no logra organizar una respuesta, sino porque tampoco consigue interpretar lo que está pasando. Las críticas existen, pero son dispersas, sin volumen, sin capacidad de transformarse en una voz que represente a quienes están sintiendo estos aumentos todos los días.
Ahí es donde el problema deja de ser solo económico y pasa a ser político. Porque cuando la sociedad absorbe los golpes en silencio y la oposición no ocupa ese lugar, lo que queda es un vacío. Un espacio sin representación, sin conflicto visible, sin discusión real sobre el rumbo.
Mientras tanto, el Gobierno avanza. Lo hace sin enfrentar un costo inmediato en la calle y sin un contrapeso claro del otro lado. No necesita explicar demasiado ni negociar en serio, porque tampoco hay una presión organizada que lo obligue a hacerlo.
En paralelo, además, se acumulan cuestionamientos que tampoco logran generar una reacción proporcional. Casos como $Libra, las denuncias en torno a Andis o las polémicas que salpican al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, aparecen en la agenda, pero no terminan de escalar ni de convertirse en un problema político de peso.
Ahí vuelve a aparecer la misma lógica: todo sucede, pero nada termina de pasar.
No hay una oposición que tome esos temas y los convierta en eje de discusión sostenida, ni una sociedad que los empuje hasta transformarlos en conflicto. Quedan flotando, como episodios aislados, sin capacidad de erosionar de verdad.
Y eso refuerza la sensación de un escenario donde el Gobierno no solo avanza en lo económico, sino que también logra atravesar costos políticos que, en otro momento, hubieran sido mucho más altos.
El problema, otra vez, no es solo lo que ocurre, sino lo que no ocurre alrededor. La falta de reacción, de articulación, de representación.
Porque cuando incluso los temas más sensibles no logran romper el silencio, la pregunta deja de ser qué está haciendo el Gobierno.
La pregunta pasa a ser quién está dispuesto a marcarle un límite. Y por ahora, la respuesta sigue siendo la misma: nadie dice nada.